jueves, 14 de junio de 2012

Romanas corrientes

En este artículo vamos a saber cómo era la vida de las mujeres corrientes en la Antigua Roma. Nos servirá tanto a nivel de ambientación como para dar ideas acerca de cómo llevar e interpretar a un PJ mujer en juegos como Arcana Mundi.

Dedico esta entrada a Wulwaif, Albert Tarrés y Iago Urruela. ¡Gracias por el premio!

Hace poco decíamos que la Historia la escriben los vencedores, razón por la cual debemos ser muy críticos con las fuentes, casi siempre partidistas e interesadas, y la propaganda que vilipendia a los vencidos. Pero al menos son fuentes que transmiten hechos históricos, aunque tengan un sesgo. Sin embargo, cuando uno quiere saber cómo era la gente corriente de cualquier época, se encuentra con un enorme vacío, un silencio casi completo en la tradición escrita, que solo se interesa por reyes y nobles, el escaso uno por ciento de la población total. Por eso, cuando intentamos imaginar cómo era la vida en una época histórica determinada, apenas si podemos saber cómo era la de los nobles, pero la de la inmensa mayoría de la población permanece oculta bajo las brumas del tiempo, pues apenas es mencionada en los documentos y las obras literarias, y si se hace es de pasada. Normalmente las fuentes no escritas (dibujos, relieves, tumbas, etc.) arrojan algo más de luz sobre el tema, pero a menudo su interpretación es más difícil que la de los textos.

A pesar de todo esto, hoy vamos a acercarnos a la vida de una mujer romana corriente, de las que no visten caros vestidos ni joyas, ni asisten a un convite todos los días. Tarea difícil dentro de lo difícil que resulta conocer la vida de la gente corriente, pues la mujer vive en un mundo de hombres en el que el criterio masculino es el que impera y el que se va a transmitir para la posteridad. Por eso, se ha tenido que hacer un ejercicio de crítica con respecto a los contenidos de las fuentes para llegar a conclusiones que tengan en cuenta el carácter misógino de la sociedad de la época, que enturbia la verdadera realidad de las mujeres romanas.

En definitiva, este artículo te servirá para saber cómo vivía una mujer corriente en la época del Imperio Romano.

 La visión masculina

Existía hace dos mil años un consenso sobre el papel de la mujer en la sociedad, aceptado por las propias mujeres e incluso compartido por hombres de distintas religiones: la mujer debe ocuparse de la esfera privada de la familia, mientras que el hombre debe ocuparse de la pública. La esfera privada se circunscribe al ámbito familiar: cuidar de los hijos, del marido y del propio hogar. La mujer era responsable de la educación de los hijos y de controlar a los esclavos, pero se la consideraba incapacitada para el ejercicio físico (la guerra) e intelectual (la política). Esto las llevaba a depender siempre de un hombre, ya fuera de su padre o de su esposo. Además, por ley  estaban obligadas a buscar un representante en asuntos legales, como litigios y testamentos, de los cuales no se podían ocupar por sí mismas. La razón de esto es que eran consideradas emocionalmente inestables, veleidosas y vulnerables en todos los sentidos; además de chismosas y libidinosas.

pareja romanaDe estos defectos popularmente atribuidos a las mujeres se desprenden las virtudes, el ideal de mujer según los hombres, expresado en multitud de epitafios cuando se quería ensalzar a la difunta. Lo que un hombre valoraba más en una mujer era la modestia, la lealtad, la rectitud moral y la sumisión. Esto también se deriva de su papel principal, que era la procreación para la “fabricación” de herederos, a los que debía educar según los preceptos de la moralidad romana, y a los cuales se debía dedicar exclusivamente, sometida a su marido y sin sobresalir sobre él. Como vemos, hay una preocupación especial por encerrar a la mujer en su casa para que no conozca a otros hombres y dé al traste con la unidad familiar. Sin embargo, ella debe asumir y aceptar que su marido se acueste con sus esclavas y que se vaya de putas como algo normal y natural; solamente en el caso de que se acostara con otra mujer de su misma condición se podía considerar motivo de divorcio, ya que tanto esclavas como putas se tenían por seres inferiores, social y moralmente.

La realidad

Pero una cosa eran los prejuicios e ideales y otra muy distinta era la realidad. Claro está que había mujeres que aceptaban el papel que los hombres les habían dado y se convertían en esposas castas y obedientes, pero la realidad económica y social chocaba con lo que una sociedad falocéntrica esperaba de una mujer.

Por ejemplo, el “sexo débil” participaba al igual que los hombres en los disturbios callejeros. Filo, un judío que vivó en el siglo I d.C. en Egipto, cuenta horrorizado cómo, durante una trifulca, una mujer agarró de los genitales a un hombre con el que se estaba peleando.

Y es que las mujeres, al final, tenían que salir a la calle, porque pocos hogares de gente corriente podían permitirse tener esclavos, y eran las mujeres de la casa las que tenían que salir al mercado, para comprar, e incluso vender lo que producían en casa. Esto, no obstante, no estaba reñido con su papel como cuidadora del hogar; de hecho, la ocupación más típicamente asociada a las mujeres, que era la de hilar en casa, a veces se convertía en la principal fuente de ingresos de la familia.

mercado romano

De todas formas, se intentaba impedir por varios medios que fueran independientes. Por ejemplo, mediante la incapacitación legal de la que hablábamos; la cual, por otra parte, quedaba subsanada si la mujer tenía al menos tres hijos (aunque en la práctica, pocas mujeres, por desconocimiento o temor a señalarse, hacían uso de este derecho). En ello vemos el mensaje que la sociedad romana quería transmitir a las mujeres: sois unas ineptas, no os atreváis a emprender nada vosotras solas, a menos que demostréis que sois de fiar, cumpliendo con vuestro deber sobradamente, que es el de tener muchos hijos.

Matrimonio y sexo

Así y todo, una de las principales preocupaciones de las mujeres, como demuestran los tratados de astrología de la época, era saber con qué tipo de hombre se iban a casar. No es de extrañar, pues su bienestar iba a depender completamente de su marido, y aunque podía divorciarse de él, lo normal era que tuvieran que soportar sus vicios y su maltrato y aportar por contra comprensión y cordura, como correspondía a una buena esposa.

Los requisitos que tenían que cumplir los cónyuges para poder casarse eran, básicamente, ser libres, ser al menos púberes y hacerlo de buen grado y con el consentimiento de los padres. Al contrario que ahora, no había necesidad de registrar el matrimonio, y tampoco de una celebración religiosa, cosa que sin embargo se solía hacer.

La dote era una cuestión muy importante; incluso para la gente corriente, su coste era considerable comparado con su economía, y en muchas ocasiones, el hombre se servía de ella para emprender negocios o darles un buen empujón, por lo que podemos imaginar que hubo un gran número de casamientos por conveniencia. Pero el caso es que esta dote debía devolvérsela el marido íntegramente a la mujer en caso de divorcio (salvo si este se había producido por adulterio por parte de ella), y el divorcio se podía solicitar en casos de alcoholismo, falsedades y disputas. Así que la dote, para las mujeres, se convertía muchas veces en una manera de controlar a sus maridos.

A pesar de ello, la mujer estaba legalmente bajo el control del padre, y del marido cuando se casaba (al menos de facto). Lo cual no significa que la mujer adoptara un papel secundario en el matrimonio, ya que de ella dependía el mantenimiento de la casa: comida, ropa e hijos.

En cuanto al tema amoroso, los romanos eran muy prácticos y veían el matrimonio como una relación organizada para la procreación y la protección del patrimonio e influencia familiares. Rechazaban el amor romántico, dado que constituía un obstáculo para la obtención de estos fines. De hecho, como hemos dicho, entre la gente corriente la mayoría de los matrimonios eran concertados. Desde nuestro punto de vista actual, la relación de una pareja romana sería cuando menos fría, pero lo cierto es que en la mayoría de las ocasiones, con el tiempo, el vínculo entre los cónyuges se fortalecía a través de los hijos y la relación entre ellos terminaba siendo bastante estrecha.

En la cuestión sexual la mujer tenía que limitarse a las relaciones matrimoniales, pero el marido podía tenerlas con mujeres “inferiores” socialmente a ella, como hemos comentado. Aunque el principal fin de las relaciones sexuales era la procreación, médicos famosos como Hipócrates y Galeno aconsejaban que la mujer disfrutara de ellas, ya que asociaban el orgasmo femenino con la concepción. La mujer ideal debía disfrutar del sexo en el matrimonio y hacer todo lo que su marido le pidiera en el lecho, pero sin pasarse, que el disfrute más allá de la procreación se veía como una desviación.

Al contrario de lo que se pueda pensar, la postura más recomendada no era la del misionero (la cual se consideraba inapropiada porque inducía a una pasión excesiva e inútil y favorecía el coitus interruptus para evitar el embarazo), sino la que hoy conocemos como “del perrito”, porque era la más rápida y práctica para la concepción, y lo bastante fría como para no desatar la pasión.

roman blowjob

A pesar de todo, se daban prácticas sexuales de todo tipo. Una de las más repudiadas por la moral, porque solo pretendía el disfrute, era el sexo oral; y mucho peor considerado estaba el cunnilingus que la felación, ya que un hombre nunca jamás debía adoptar una posición sumisa. Esa es la razón por la que los hombres que practicaban sexo oral a otra persona (ya fuera hombre o mujer) y eran pasivos en las relaciones homosexuales se consideraran afeminados, mientras que los activos no, a pesar de que hicieran el amor con otro hombre. Esto deja a las mujeres en una situación en la que debían disfrutar del sexo matrimonial, pero exclusivamente proporcionando ellas el placer, y no recibiéndolo.

Se conocían métodos anticonceptivos y abortivos, pero su consumo estaba tan mal visto como el de las drogas hoy día, al menos entre las mujeres corrientes, y eran las mujeres las que siempre se tenían que ocupar de tomar medidas para evitar el embarazo. Otra opción era el abandono de los recién nacidos, mucho más frecuente el de niñas que el de niños, aunque los padres se enfrentaban a duras condenas si les descubrían; o la venta de las niñas a los prostíbulos, lo que al menos proporcionaba un desahogo económico a la familia.

Vida fuera del hogar

Ya hemos visto que la realidad chocaba con el ideal de esposa sumisa, obediente y siempre encerrada en su casa, principalmente por razones económicas: la falta de ingresos familiares las podía obligar a trabajar, y la falta de esclavos en la casa, como era habitual, las hacía salir al mercado para encargarse de las compras.

Pero también había razones sociales por las que la mujer debía salir: visitaba a amigas y parientes con los que les convenía estrechar lazos, planificaba y asistía a acontecimientos familiares, participaba en ceremonias religiosas públicas, iban a buscar agua a la fuente, asistían a los baños públicos, a los teatros y a los juegos; y todas estas actividades les proporcionaban la oportunidad de exhibirse e intercambiar información entre ellas.

Incluso era frecuente encontrarlas haciendo largos viajes por diversos motivos, principalmente para visitar a familiares (y casi siempre para asistir en un parto), por negocios o para hacerse cargo de tierras en el extranjero.

Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Skulpturensammlung

Pero es principalmente la falta de ingresos lo que empuja a las mujeres a la calle para buscarlos. Además de sus tareas cotidianas dentro de la casa, como tejer, hacer las camas, sacudir colchas y demás, las mujeres podían hornear pan y venderlo en el mercado, llevar una tienda, colaborar en tareas agrícolas (sobre todo en época de cosecha), vender productos elaborados en casa y trabajar como nodrizas. Además, por cada esclavo podían suprimir una de sus tareas del hogar, lo que les dejaba más tiempo para conseguir dinero, principalmente tejiendo lana, que era la actividad más típica de la mujer; lo que sobraba lo vendían las mujeres en el mercado, y este ingreso extra era fundamental para la subsistencia de las familias pobres.

Todo esto indica que, en la práctica, la mujer podía participar en cualquier actividad, mayormente por cuestión de necesidad, a pesar de que los dictámenes de la moral las encaminaran en otra dirección. La sociedad romana era sobre todo práctica, por lo que la necesidad era una excusa más que suficiente para dar una mayor libertad a la mujer, que esta debía invertir en el bien familiar.

En busca de la libertad

Normalmente, las mujeres no sometidas a ningún hombre estaban en situación de desamparo. Es el caso, por ejemplo, de las viudas. La viudedad era una situación temida por las mujeres. Una viuda joven tenía posibilidades de volver a casarse, pero las más maduras, por lo general, ya no volvían a contraer nupcias, ya fuera porque a su edad el riesgo de muerte por parto era mayor (dado que debían darle hijos a su marido, recordemos que ese era el principal cometido de la mujer en el matrimonio) o porque los hombres preferían mujeres más jóvenes. Y es que en un mundo dominado por los hombres, a la mujer se le intentaba negar, moral y legalmente, que controlara su propia vida. Sin embargo, hubo viudas que se supieron apañar bastante bien, y mujeres que aprovecharon los pocos resquicios que la sociedad romana les dejaba para valerse por sí mismas.

Como dijimos más arriba, la mujer no tenía capacidad jurídica legal, por lo cual no podía representarse a sí misma en los juicios ni firmar documentos legales (contratos, testamentos, etc.), si no era a través del hombre al que estaba sometida; era como un menor que necesita siempre de un tutor que la represente en cuestiones legales. No obstante, había triquiñuelas para superar este escollo legal: antes vimos que una mujer que fuera madre de al menos tres hijos adquiría personalidad jurídica; si no se encontraba en esa situación, aún podía representarse a sí misma en un juicio si el litigio afectaba directamente a su persona o a sus propiedades; y aun cuando no se dieran ninguna de estas dos circunstancias, siempre podía buscarse un tutor complaciente que siguiera sus instrucciones.

Sin embargo, aunque tuvieran estas salidas legales, las mujeres, como los hombres corrientes, no solían acudir a la justicia para solucionar sus problemas, dado que estaba controlada por los hombres de la elite, lo que la convertía en un sistema corrupto y que en general funcionaba en contra de sus intereses.

En el ámbito matrimonial, las mujeres disponían del divorcio como vía de escape ante un marido excesivamente cruel. Pero cuando la situación era soportable, disponían de muchas alternativas para oponerse al sometimiento al que socialmente estaban obligadas. Hemos visto, por ejemplo, el poder que le daba la dote desde un punto de vista económico, pues muchas veces de esta dependían los negocios del marido. También a otros niveles, la situación económica del matrimonio dependía de la mujer en gran parte, obligada muchas veces a salir a la calle para vender productos; y conocedora, mejor que nadie, de la situación económica de la casa, sabía manejar el dinero para sacar adelante su hogar y su familia. En otras ocasiones su peso era mucho mayor, ya que poseía tierras y otros recursos heredados que el marido perdía en caso de divorcio, y además podía tener contactos importantes de los que el marido se podía servir para medrar.

vestal_virgin_hiTampoco podemos olvidar la importancia de las numerosas fiestas religiosas, en las que a menudo las mujeres participaban activamente, y durante las cuales se reunían y renovaban sus vínculos. Había ciertos cultos, como el de Isis, en el que las mujeres adquirían mayor protagonismo que en los demás, y que eran muy populares entre ellas.

Nos consta, por otra parte, que las mujeres eran grandes consumidoras de hechizos, y que los hombres temían esa faceta suya. Estos hechizos los podían comprar fácilmente en la tienda de magia local, escritos en pedacitos de papiro o pronunciados directamente, y servían para los fines más diversos, ya fuera para tratar un problema de salud, o para controlar a su marido. Tal era el temor de los hombres a la posibilidad de caer víctimas de los hechizos de sus mujeres, que incluso se mencionaban en el contrato matrimonial, en el que era frecuente la fórmula: “no prepararé hechizos de amor contra ti, ni en tu comida ni en tu bebida.” Así que el miedo que inspiraba la magia en un marido supersticioso era otra arma que la mujer tenía a su disposición.

La mujer corriente en Arcana Mundi

A lo largo de este artículo hemos visto que las mujeres, aunque debían someterse a los hombres, en realidad tenían un papel más activo de lo que se cree en muchos ámbitos, y tenía recursos para hacerse valer. Sin embargo, tener como PJ a una mujer corriente puede limitar bastante la libertad de acción del jugador; no tanto si la mujer pertenece a la elite, ya que estas gozan de mucho más poder e independencia.

He aquí algunas ideas para aquellos que quieran asumir el reto de interpretar a una mujer corriente romana:

- Una mujer casada puede librarse del control del marido cuando está de viaje. Ya hemos visto que las mujeres viajaban casi tanto como los hombres, para visitar a familiares, asistir en partos, hacerse cargo de tierras heredadas, etc. Estos viajes los podían hacer normalmente por su cuenta, sin que sus maridos les acompañaran. Esto les proporcionaba libertad suficiente para actuar como se les antojase, siempre teniendo en cuenta su lugar dentro de un mundo de hombres.

- Tener tres o cuatro hijos le garantiza reconocimiento social y legal. Aunque una mujer con muchos hijos aún no es igual a un hombre, sí que puede intentar plantarle cara en los litigios yes más respetada y valorada.

- Una viuda autosuficiente es una rara avis, pero no es mala idea usar la cualidad de Riqueza para que reciba una herencia y no quede desamparada sin estar a la sombra de un hombre. Como alternativa, puede vender lana en el mercado o heredar el negocio de su difunto marido (carnicería, panadería, zapatería, etc.) si no tiene hijos varones, el cual puede administrar perfectamente junto con sus hijas u otros familiares.

- También las mujeres casadas pueden participar en actividades interesantes al margen de sus maridos que pueden llevarles a vivir alguna aventura. Por ejemplo, las mujeres solían reunirse a menudo en asociaciones religiosas exclusivas para ellas (como en el culto a Isis), y también formaban asociaciones funerarias de acceso bastante restringido. Aparte de esto, había oficios que solo eran desempeñados por mujeres y en el que entraban en contacto con mucha gente, como el de comadrona, nodriza, o asistenta doméstica, oficio este último que se ofrecía a quienes no podían costearse un esclavo, y que por lo general lo ejercía la hija de un matrimonio a cambio de un préstamo.

comadrona

En definitiva, se trata de buscar situaciones en las que la mujer pueda desenvolverse sin la supervisión del marido, si está casada, o de otros hombres, si no lo está, y centrarse en ellas para el desarrollo de la aventura.

2 comentarios:

Iago Urruela dijo...

Muchas gracias por lo que me toca.

Wulwaif dijo...

Pedazo de articulo, tomo buena nota de la situación de las mujeres en esta época.

P.D.: Gracias por la dedicatoria.